martes, 8 de enero de 2013

La fatal arrogancia del gobierno de Cuba

Burócratas cubanos

A fines del 2010, el gobierno cubano expuso por primera vez en detalle su plan para revitalizar la moribunda economía del país. Dos componentes clave de este plan eran llevar a cabo el despido masivo de más de un millón de empleados estatales, y permitir cierta cantidad de trabajadores por cuenta propia para absorber a los recién desempleados.

La nomenclatura decretó que los despidos tuvieran lugar de inmediato, y que las actividades autorizadas se limitaran a una insólita combinación de 178 ocupaciones que comprendían desde cuidar niños, lavar ropa y lustrar zapatos hasta reparar paraguas.

No es de sorprenderse que, dos años más tarde, el proceso esté atascado en una red de debates internos, así como de normas y reglamentos emergentes. El fracaso en la implementación radica en el pensamiento patológico de la élite gobernante. Es este pensamiento patológico el que el filósofo, político y economista Friedrich A. Hayek describió en su influyente obra La fatal arrogancia: los errores del socialismo. Como Hayek explicó, la planificación central fracasa con consecuencias fortuitas e imprevistas, debido a que no se conocen todas las variables, o a que estas ni siquiera pueden ser conocidas por los planificadores centrales.

En esencia, el despido de los empleados estatales se ha suspendido, y ahora se supone que tendrá lugar en el transcurso de cinco años. Comisiones kafkianas de eficiencia determinarán el número “idóneo” de empleados para cada función, y luego otras comisiones decidirán quiénes deban ser despedidos.

El proceso correspondiente a las actividades “fuera del sector gubernamental” (el gobierno cubano no es capaz de referirse a este como “sector privado”) resulta igualmente revelador. Recientemente, Granma anunció que el número de actividades autorizadas “fuera del sector gubernamental” se incrementaría de 178 a 181. Las tres nuevas actividades permisibles son: graniteros (instaladores de losas), planificadores de bodas y fiestas, y agentes de seguros.

El viceministro de Finanzas y Precios de Cuba (sí, existe un ministerio a cargo de los precios) también anunció que la actividad de granitero tendría que ser aprobada por las directrices de trabajo y por la oficina del Historiador de la Ciudad. Además, los burócratas decretaron que las tres nuevas actividades autorizadas serán gravadas a diferentes tasas fijas mensuales, de la siguiente manera: graniteros, 150 pesos cubanos; planificadores de fiestas, 300 pesos cubanos, y agentes de seguros, 20 pesos cubanos. La lógica aplicada (no explicada) por los planificadores de estos decretos fiscales se deja a interpretación del lector.

Al permitir ciertas actividades empresariales, el gobierno cubano pretendía crear nuevos puestos para los empleados despedidos. Pero, para los mandarines, las cosas no están saliendo según lo planeado. Por ejemplo, el 73 % de las 69,000 mujeres que ahora trabajan por cuenta propia no figuraban anteriormente en la nómina del gobierno. Además, muchos de los cuentapropistas realizan trabajos de subsistencia, lo que no genera una cantidad considerable de puestos adicionales.

Otra desafortunada consecuencia de la arrogancia de la planificación central es la exacerbación de las tensiones raciales. Reflejando la composición racial de la diáspora cubana, la gran mayoría de los cubanos que reciben remesas del extranjero, y que tienen posibilidades para convertirse en trabajadores por cuenta propia, son blancos. Para poder trabajar por cuenta propia, es esencial tener acceso a dólares. Paradójicamente, los nuevos empresarios tienen que vender sus bienes y servicios en moneda nacional, pero están obligados a comprar los suministros en establecimientos del gobierno y en moneda convertible. Muchos cubanos negros que no tienen acceso a remesas de familiares quedan rezagados a medida que aumenta la desigualdad de los ingresos.

Es sumamente arrogante creer, como creen los planificadores centrales, que una persona, un ministerio o un comité central pueden recopilar y comprender toda la información disponible para diseñar un sistema económico eficiente.

La tragedia del comunismo estriba tanto en su visión errónea de la forma en que funciona una economía como en su visión glorificada de sus propias capacidades racionales. La insolencia del gobierno cubano, de seguir cabalgando en el caballo intelectualmente muerto de la planificación central, es muestra evidente de su fatal arrogancia.

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José Azel es investigador asociado del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami. Es autor del reciente publicado libro, Mañana in Cuba.

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Este artículo fue anteriormente publicado en El Nuevo Herald

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