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| La Habana a oscuras |
Ocho provincias cubanas permanecen cerca de seis horas sin luz supuestamente debido a “una interrupción en una línea de transmisión de 220,000 voltios entre Ciego de Ávila y Santa Clara”. Se declara un incendio de grandes proporciones en un depósito de municiones de Cienfuegos. El régimen paraliza las operaciones de la fábrica de níquel “René Ramos Latour”, de Nicaro (el níquel es la tercera fuente de divisas en Cuba). Los autobuses del transporte público cubano dejan de trasladar casi 11 millones de pasajeros en el primer semestre de 2012. El Nuevo Herald reporta que Tampa, en la Florida, se ha convertido en el refugio predilecto de los ex funcionarios que escapan de Cuba: De “un alto funcionario del gobierno cubano que manejó más de $700 millones en importaciones de Estados Unidos en solo un año”. Del “hijo de un general de las fuerzas armadas cubanas”. De la hija del poderoso vicepresidente de la Isla, Marino Murillo.
Es el resumen de un estruendoso fracaso. La realidad es que resulta cada vez más evidente la tendencia hacia un Estado fallido en el caso cubano. El incendio de una gasolinera en Santiago de Cuba la pasada semana, con un patrón de desorden social incuestionable ―gente lanzándose a robar combustible sin pensar en las consecuencias―, es otra de las señales del deterioro institucional y social. Los signos del tercermundismo más atávico afloran en todas las provincias del país mientras la epidemia de dengue continúa extendiéndose bajo el mismo patrón que la del cólera y el gobierno de Raúl Castro insiste en esconder la existencia de centenares de casos de contagio; de esta manera, el silencio oficial impide que la población tenga verdadera conciencia de la magnitud del problema y tome medidas al respecto. Dos epidemias en un período de seis meses, en cierto momento simultáneas, hablan por sí mismas sobre un auténtico desgobierno en la Isla.
El problema fundamental para el régimen de los hermanos Castro es que este desplome, siendo de carácter social más que político, hace más mella en su poder, destruyendo su imagen de paternalismo todopoderoso a los ojos de la población. Si el sistema no funciona, no tiene el control. La oposición pacífica dispone así de un terreno abonado para conseguir capitalizar el poder real que está perdiendo el castrismo.

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